Tal vez él no necesita vocalizar porque la potencia de su voz llega hasta la última fila de butacas en el Auditorio Nacional donde se comenta que él dará su propio grito, que no quiere que se transmita el grito del presidente. Uno a uno fueron dándose los golpes de nostalgia y las gargantas comenzaron a acompañarlo, “La Diferencia”, los corazones rotos volvieron a sangrar, las almas partidas en dos cantaron más fuerte.
“Amor Eterno” para aquellas madres que se han ido pero que permanecen para siempre en el corazón, un “Hermoso Cariño” para quien nos enseñó la música del ídolo saliendo de las viejas grabadoras de casete, esa voz que no se puede ignorar, ese legado que no puedes hacer a un lado.
Un par de balazos al corazón de la obra de José Alfredo Jiménez: “Que te vaya bonito” y “Ella”, una oración por la salud de Joan Sebastian, “Estos Celos” para que las parejas bailaran, el grito de independencia más entrañable y poderoso del que he sido testigo, sin la faramalla protocolaria ni acarreados, sin fuegos artificiales que iluminan falsamente un “festejo”, este era el cantante que vivirá por siempre en el inconsciente colectivo mexicano haciendo suyo el clamor de lucha.
“Mujeres Divinas” porque siempre hay traiciones y botellas, “La Ley Del Monte” que dictan los altos de Jalisco, “Acá Entre Nos” porque hay cosas que se quiebran, y “Volver Volver” porque hay quienes no tienen dignidad y cariño propio. “A Mi Manera” como epitafio de la noche, el auditorio más vivo y entrañable que nunca, la noche más mexicana de mi vida, porque en su música radica su grandeza cultural, y qué mejor que con la presencia de una de sus más altas causas en el escenario en los que quizá son sus últimos conciertos.
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