Foto: Mario Calderón
En pleno Festival Vive Latino 2014 tuve que cruzar el puente
hacia el Palacio de los Deportes después de ver a Lumaltok quienes me
compartieron un trago de pox antes de emprender la caminata. La bebida
ceremonial comenzó a surtir efecto al llegar al ruedo y explorar el terreno
donde una jaula separaba a los pesados novillos en cuya espalda reposaría el
destino de los jinetes.
En la primera monta el golpe seco en la tierra, el silencio
de la gente, la espera por lo fatídico, y el aplauso al notar que no había
pasado nada, así fue mi primer encuentro con el jaripeo: esperando a que aquel
vaquero se levantara ileso ante la preocupación de haber presenciado su muerte.
Joan Sebastian apareció por última vez en un redondel en la
capital de su México querido montando a Padrino, su inseparable corcel blanco,
extensión de su magna existencia, compañero de mil batallas cuyas consecuencias
se reflejaron en su columna vertebral como mencionó unas semanas antes en
conferencia de prensa presentando “La Ultima Maroma”, su gira de despedida en
un rancho de su propiedad en Cuernavaca Morelos. Aquella vez después de
anunciar su retiro, complació a todos los reporteros presentes con
algunas suertes a caballo y carne asada.
Tal vez no puedes tener los discos o decirte fan de este
tipo de cantantes que escuchas en todos lados, pero es por eso, por su
condición de omnipresencia que en nuestro inconsciente se quedan sus temas,
como tatuajes, como una serenata, como mariposas que revolotean en un recuerdo,
como el gran secreto que todos hemos tenido alguna vez en la vida.
Al ritmo de banda el domo de cobre se entregó en aplausos y
vitores al jinete que dirigiendo su caballo por el círculo de la vida agradecía
tanto cariño: “de cualquier modo ya te di mi corazón”, y ese fue el que soportó
las inclemencias del tiempo, el umbral de dolor al máximo, su semblante de
pesar, el cansancio aparente, una silla a su lado para reposar: “ustedes
disculpen mi gente pero aún sentado puedo seguir cantando estas que son sus
canciones”.
Y así, como reposando en un trono, el rey del jaripeo siguió
cantando mientras del otro lado de la avenida Los Tigres del Norte rompían
paradigmas y callaban críticas al compás del himno que denota su condición: “soy
el jefe de jefes señores”, de cualquier forma era una noche para la historia de
la música regional mexicana y para muchos, la última oportunidad para ver a
Joan Sebastian, y en mi caso, la única e insuperable.
Hace unos días aquel corcel blanco, su inseparable Padrino
adelantó el galope a la gloria eterna, poco después el jinete dejando tantas
canciones y memorias, desde Vicente Fernández hasta Consequence of Sound le dedicaron
palabras, y yo también por aquella experiencia, por haber presenciado historia,
y porque en mi condición de fan de la música, sea cual sea su origen, condición
u objetivo, si en ti deja grandes recuerdos entonces vale la pena seguirla
escuchando.
Buen viaje al ídolo de Juliantla.

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