miércoles, 8 de julio de 2015

Tonight i'm fucking you

Enrique Iglesias hace bromas al respecto de sus dedos y posa para las cámaras mientras recibe discos de oro de parte de su disquera para después recibir a las hijas de algún prominente empresario-CEO-senador (para no decir “algún culero influyente”).

Parte de lo que tiene que hacer, cosas tal vez fuera del contrato, pero el show comienza con su vista perdida y sus canciones radiales, las fans lo admiran, esperaron demasiado por esta noche y gastaron mucho más, y reciben lo que merecen: la emoción, el encanto, Enrique se acerca al filo del escenario y pelean por un lugar en la pasarela, discuten, se miran con rudeza y se gritan, no es un concierto de punk, es la espera porque salga su ídolo pop, no del momento, sino ya de hace muchos años.

Enrique canta y se arriesga, corre y se detiene a observar el panorama absorto y los rostros encantados que tratan de descifrar sus movimientos, se acerca a la consola, las fans vuelven a su pelea por un mejor lugar, no tan extremo como jalarse el pelo pero sí para desafiar con miradas y pequeños empujones por un lugar cerca del sueño, tocar su mano, recibir un beso, morir en un abrazo.

Enrique termina su contrato, sale del escenario y 10 minutos después regresa para atender peticiones, la mitad del auditorio se ha ido, y con una diadema de orejas de conejo complace en versión acústica con temas de aquel primer disco, el de los amores de secundaria, el de los primeros quebrantos sentimentales, el de aquel viejo Enrique que escondía sus manos en las mangas del sweter y que ahora expone sus dedos lastimados por un drone. 

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