Enrique Iglesias hace bromas al respecto de sus dedos y posa
para las cámaras mientras recibe discos de oro de parte de su disquera para
después recibir a las hijas de algún prominente empresario-CEO-senador (para no
decir “algún culero influyente”).
Parte de lo que tiene que hacer, cosas tal vez fuera del
contrato, pero el show comienza con su vista perdida y sus canciones radiales,
las fans lo admiran, esperaron demasiado por esta noche y gastaron mucho más, y
reciben lo que merecen: la emoción, el encanto, Enrique se acerca al filo del
escenario y pelean por un lugar en la pasarela, discuten, se miran con
rudeza y se gritan, no es un concierto de punk, es la espera porque salga su
ídolo pop, no del momento, sino ya de hace muchos años.
Enrique canta y se arriesga, corre y se detiene a observar
el panorama absorto y los rostros encantados que tratan de descifrar sus
movimientos, se acerca a la consola, las fans vuelven a su pelea por un mejor
lugar, no tan extremo como jalarse el pelo pero sí para desafiar con miradas y
pequeños empujones por un lugar cerca del sueño, tocar su mano, recibir un
beso, morir en un abrazo.
Enrique termina su contrato, sale del escenario y 10 minutos
después regresa para atender peticiones, la mitad del auditorio se ha ido, y
con una diadema de orejas de conejo complace en versión acústica con temas de
aquel primer disco, el de los amores de secundaria, el de los primeros
quebrantos sentimentales, el de aquel viejo Enrique que escondía sus manos en
las mangas del sweter y que ahora expone sus dedos lastimados por un drone.
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